Hace un par de meses leí un libro de Tolstói llamado La muerte de Iván Ilich, que me dejó varias reflexiones acerca de nuestra convivencia con el trabajo y la posición que este juega en nuestras vidas. El trabajo nos da una identidad; olvidamos que ese trabajo es lo que hacemos y no lo que somos, y con ello dejamos de lado muchos aspectos de la vida. Y no es tanto que nos guste mucho ese trabajo, igual que le pasaba al protagonista del libro en cuestión; es más bien lo que ese trabajo te da: estatus social, seguridad económica, reconocimiento y, sobre todo, la idea de una vida correcta. La vida profesional como narrativa principal de identidad: fulano es un abogado exitoso, mengano es un muy buen médico, perengano es un gran ingeniero, etc.
Todo esto se rompe en Iván Ilich cuando llega la enfermedad. Ahí, el personaje principal asume la responsabilidad de una vida correcta socialmente, pero vacía desde el punto de vista existencial. Y no quiero llegar a reflexiones motivacionales de vivir más y trabajar menos; quiero hacer consciente un fenómeno común: el burnout. Un agotamiento a veces imperceptible para quienes hacemos camino todos los días agendando juntas y más juntas, reportes y más reportes, alcanzando indicadores, métricas y objetivos de venta. Todo se mide y todo debe ser alcanzado a costa de la propia identidad.
El burnout es un estado de agotamiento físico y mental provocado por el exceso de trabajo. Hay un desequilibrio en la balanza vida-trabajo. No hay espacio para la vida; todo lo ocupa el trabajo. Llega la enfermedad, la ansiedad, la depresión. No es solo cansancio: hay una despersonalización, en donde incluso cuesta trabajo disfrutar de los resultados de ese trabajo; el dinero deja de disfrutarse.
En consultorio, cuando tocamos el tema, suelo hablar de la vida como un pastel: cada rebanada representa algo a lo que se le debe poner atención en un balance preciso. Una rebanada para la pareja, otra para el trabajo, otra para los pasatiempos, otra para los amigos, etc. Si toda la rebanada del pastel se la lleva el trabajo, estamos a un paso de enfermarnos. Es más difícil de lo que parece: no siempre es posible dejar ir un negocio de varios miles de pesos solo porque hay cansancio. Aparece la idea de que ya llegará el momento de descansar, mientras tanto se construye y se busca ser productivo en todo momento. La vida correcta.
Iván Ilich llevó esa vida correcta. Aun estando enfermo, quería seguir trabajando, cumplir expectativas ajenas. Su trabajo era su identidad. Tenía miedo de enfrentar su propia existencia, por eso se sostenía en la idea de seguir siendo útil, de seguir siendo productivo. Iván Ilich resume, en gran medida, la vida de muchos contemporáneos: enfrascados en una vida productiva, sintiéndose culpables por descansar o por no hacer nada.
En las actividades rutinarias vale la pena preguntarse qué aspecto de la vida se alimentó hoy, considerando cinco dimensiones principales: social, emocional, intelectual, espiritual y física. Sin monetizar. Enfocar los esfuerzos en alimentar esos aspectos acerca la posibilidad de una identidad más propia y aleja de esa vida correcta que llevó a Iván Ilich a una muerte en soledad, atravesada por el miedo a mirarse a sí mismo.


